Ella moría noche tras noche
En un llanto mudo
en un ansia nocturna
se enredaba en sus brazos dentro de esas sabanas heladas
como en un intento de compartirle su calor
transmitirle ese hedor que se suda con amor
todos eran intentos vanos
la pared y el suelo eran más sensibles a ella y capaces de responder
a sus caricias que aquel cuerpo insulso que había dejado su sudor en
sábanas ajenas era esclavo de otro sexo, de otro pudor.
Y mientras aquella mariposa
Seguía despedazando las sabanas con la misma desesperación
Que su corazón latía en ansia de amor
Pero una difusa noche vaga de memorias que ni el tiempo ni el viento
Recuerda solo ella.
Aquel cuerpo helado pareció haber recobrado calor
Calor de esas manos que ahora eran suaves y exploraban su finura
En sus piernas destilando entre ellas un sudor que ardía de un aliento
De un inexplorable placer que comenzó a sacudir la noche
Donde llamas azules entre las sabanas recubrían su cuerpo
No cesaba el gozo del fulgor que había encendido ese cuerpo en llamas
Por una noche
Pero no fue hasta que el sol entraba por su habitación y cierto frió viento
Extraño y con sabor a olvido la despertó de aquel letargo y volteo buscando
A aquel cuerpo que había encendido su alma y no encontró mas que una nota
Que decía.
Disculpa a mi llegada no quise despertarte
De todas maneras nunca lo hice
Pero hoy a mi partida
No tuve el valor de decirte
Adiós y disculpa por el frió causado
Solo ella recuerda aquella difusa noche



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