Al final del día es cuando más me percato de tu ausencia. Cuando me doy cuenta de que ya no volverás, que todo esto fue en vano. Que por más que intente alejarme, sé que todo seguirá igual. Nada en mí cambiará. Ni siquiera este sentimiento que me aprisiona el alma. Ni siquiera el amor que tengo por ti -ése que me llevó a estar, donde hoy estoy-. Encerrada en un laberinto sin salida, entre las sombras de mis errores. Perdida en los pantanos de una estúpida soledad, de pensamientos absurdos, de sentimientos perdidos -¿o encontrados?-. ¿Cómo hago? ¿Cómo olvido esto? Si tan sólo me hubieras enseñado a olvidar, si tan sólo hubiera sido capaz de quererte menos. ¿Cómo hago si esto ya no depende sólo de mí? ¿Si ya se me fue de las manos este sentimiento? ¿Si ya sólo es cuestión de lo que yo siento? Dime, cómo hago, cómo hago para no pensar en ti. Para no recordar tu amor, y que lágrimas inunden mis ojos; cómo hago para evitarlas, para frenarlas. Cómo. Porque hasta lo que yo entiendo del amor -aclaración: YO entiendo- no es algo, que simplemente se olvida. Yo diría, que no creo ser capaz ni siquiera de intentarlo. Porque yo sé -la verdad es que no lo sé- que ni siquiera desapareciendo de tu mapa, o tu del mío, podría siquiera dejar de pensarte. Y buscaré en cada parte de mi alma, de mi corazón; un sólo recuerdo tuyo, alguna pista que me demuestre que alguna vez, aunque sea por un sólo segundo, me quisiste; una prueba concisa de que tu amor algún día existió. Ése día, ése, dejaré de perseguir y buscar razones para amarte...
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