miércoles, 6 de octubre de 2010

LLORAR

Llevaba cerca de tres días llorando. Su estado lacónico le quitaba el hambre, la sed y las ganas de vivir. Cuando no caían lágrimas de sus ojos, tan sólo dormía, y cuando no dormía le caían lágrimas de sus ojos...De vez en cuando, cuando de tanto llorar conseguía abrir un poco sus ojos hinchados, se detenía bajo el sol alzando su rostro a la luz cálida, intentando respirar hondo la mañana de un nuevo día, pero al cabo de unos minutos brotaban de sus ojos ya heridos nuevas melancolías que le producían el recuerdo de esa calma, de ese calor, y de esa forma de sentir los días, aunque hace tiempo ya no vivía...Qué manera de llorar tenía esa mujer, ni que se le hubiera acumulado un mar un mar en sus días de plena felicidad -que habían sido muchos por lo demás- donde de sus ojos sólo brotaban sonrisas que solían achicarle la mirada de vez en cuando. No sabía si extrañaba esos días, o si era precisamente ese recuerdo el que la mataba lentamente, abriéndole un surco en el alma mientras la sal de sus lágrimas recorrían la ruta del desgarro hacia sus pies, marcando las huellas de una herida que le hacía arder su existencia.No le quedaban palabras ni suspiros, sólo le quedaban lagrimas que ya le tenían el rostro deforme, la voz agónica y el cuerpo débil. No le quedaba ni valor ni resentimiento como para tomarse un frasco de pastillas o atar su cuello a una soga.Y siguió llorando sin poder responder alguna vez qué le pasaba. Lloró y lloró olvidándose de las palabras y adueñándose del silencio de su voz y su alma, reluciendo de vez en cuando tan sólo un gemido o el azaroso suspiro proveniente de un triste sollozo en su habitación. Llegó el día así el día en que siguió llorando y dejó de pensar en lo que siempre pensaba, hasta que la costumbre del olvido le arrebató las lagrimas, secándoselas junto a las hojas quebradizas del otoño. Aun así, no sintió nada, ni dijo nada, y tampoco lloró.Vio los últimos colores de la tarde apagándose en un silencio conmovedor y perpetuo, un silencio inquebrantable ni por el viento. Y fue testigo de la noche ya olvidada y sin-recordar, ya sin lagrimas y con el alma seca, haría de esa noche la más larga, tal vez la última. Quizás una culpa de no extrañar, de no anhelar, de no poder volver a soñar o a creer, de no recordar... ya no había ni por qué llorar; el tiempo lo curaba todo, por el olvido inminente o por su memoria ahogada en llantos.Esa noche larga, muy larga, ya ni si quiera tendría al sol para besar su sombra.

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